22-9-2011
LA BITÁCORA CLAUDIO FANTINI
Es una jugada de riesgo. Mahmoud Abbas sabe que si pide mañana en la ONU el reconocimiento al Estado palestino, Estados Unidos puede cortar la asistencia financiera sin la cual no podrá pagar sueldos ni mantener servicios básicos, mientras que Israel puede bloquear los pasos fronterizos incrementando la asfixia económica.
Pero también sabe que la presión sobre Washington y Jerusalén es grande. Lo que había avanzado la imagen norteamericana en el Oriente Medio con el apoyo a las rebeliones árabes, puede revertirse si Obama muestra que, como sus antecesores, siempre cede ante la política israelí de hechos consumados pero es intransigente con los palestinos. En cuanto a Israel, que ya no tiene a Mubarak en el Palacio de Heliópolis, ve caer a los déspotas impresentables que resaltaban el contraste con la democracia judía, y pierde velozmente la alianza con Turquía, sentirá el impacto porque la jugada de Abbas agravaría su aislamiento regional. Sobre todo si estallaran nuevas intifadas, que ahora serían percibidas como parte de la Primavera Árabe.
Parece que el viejo jefe palestino se cansó del destrato que le propinan todos. A pesar de haber sido el miembro más moderado y dialoguista de la OLP, para Israel será siempre el autor del libro «La otra cara», que escribió en la Unión Soviética denunciando un supuesto vínculo entre el movimiento sionista y el Tercer Reich. Para los militantes y activistas palestinos, Abbas será siempre el burócrata que jamás manipuló una bomba de síntex ni un Kalashnikov, mientras combatientes como Jalil al-Wazir y Salah Jalaf se jugaban el pellejo en los ataques de los fedayines dentro de Samaria y Judea.
También pesa sobre su honra la sospecha que dejó flotando la extraña muerte de Arafat. Además, los seguidores de Hamás lo consideran, cada vez con más vehemencia, como una quinta columna israelí dentro del movimiento palestino.
Al reclamar el reconocimiento como Estado, Mahmoud Abbas se aparta de los acuerdos negociados en Oslo. Pero lo mismo hace el gobierno de Benjamin Netanyahu, al mantener contra viento y marea la política de colonización en Cisjordania.
Abbas sabe que le debe varias cuentas a Israel: por caso controlar Gaza para erradicar los ataques de Ezedim al Kasem y Jihad Islámica, además de lograr de una vez por todas la liberación del soldado Shalit. Pero la ampliación de asentamientos no lo ayuda, sino todo lo contrario. Por eso, Abbas decidió llevar la pulseada al único escenario donde los israelíes llevan años perdiendo batallas: el de la opinión pública mundial.
En posición de patear el tablero
22/Sep/2011
El País, Claudio Fantini